En los pueblos pequeños, la llegada de un hombre nuevo rara vez pasa desapercibida.
En tiempos inciertos, lo desconocido despierta tanta curiosidad como desconfianza.
A veces no es necesario decir nada para sembrar la duda.
Una maleta.
Una forma distinta de caminar.
Una mirada que parece no traer nada bueno.
Un hombre que observa demasiado.
¿De dónde venía? ¿Por qué había elegido ese lugar? ¿Qué buscaba? ¿A quién quería?
Hubo vecinos que entendieron sus intenciones enseguida.
Hubo otros que le plantaron cara y no cedieron.
También hubo quienes celebraron su presencia.
Quizás, lo más perturbador, fue descubrir que aquel hombre solo sería el primero en llegar.
Después vendrían muchos más.
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